Pandenomics (2020) no es una película. Es un videoensayo de 30 minutos. Lamentablemente, ya sea por falta de presupuesto o de recursos humanos, el film carece del tipo de impronta que hizo al florecimiento del videoensayo como género. El film no cuenta con los medios narrativos para hacer llevadero un monólogo de 25 minutos en el que Javier Milei reproduce todo lo que ya ha dicho en televisión, en el mismo tono y al mismo nivel. Intelectual y argumentativamente, Pandemonics es un videoensayo flojo, hecho para azuzar a los ya convencidos hacia una praxis imposible. Su poder de convencimiento es nulo, y su tono es tan implacable y torpe que incluso aliena a los moderados.

El cortometraje, que dura unos 30 minutos (recortando del runtime sus créditos finales), tiene tres puntos débiles:

  • Sus argumentos son superficiales
  • Es técnicamente mediocre
  • Su tono es alienante

Los documentales que no salen de su camino para mantener cierta fachada de objetividad, suelen justificar su sesgo mediante las apelaciones a la autoridad. Todo documental es una polifonía. El mérito del director es aquel de articular habilidosamente esas diversas voces para crear una narrativa única, con matices y contradicciones, pero concisa y monolítica. Incluso el documental contradictorio es "verídico" en sus propios términos.

La impresión de que el consenso científico está del mismo lado que los documentalistas (sea o no el caso), suele construirse por dos medios:

  • La cita de estudios y reportes, a menudo potenciada por una narración emocionalmente evocativa o un infográfico animado.
  • La entrevista a diversos expertos en la materia, quienes emiten distintos matices de un mismo argumento.

Pandenomics, por su parte, al consistir solamente de una celebración de Javier Milei como figura, no pierde el tiempo creando el tipo de polifonía que suele hacer a un documental rico y comprehensivo. Tampoco se gasta en citar sus fuentes, o en plasmar la data visualmente para que sea memorable y memética.

Pandenomics es un largo video de Youtube. Es un videoensayo. Pero incluso como videoensayo, se queda corto. El tono argumentativo de Milei no deja espacio para la reflexión, para los matices o para el disfrute. No hay narración, no hay historia, sólo un constante ataque a fuerzas malignas que se mantienen fuera de la pantalla. Sin un contraargumento, el tono de Milei se siente absurdamente agresivo. Milei no sabe apelar a la razón de los propios. Sólo a su emotividad.

Esto se explicita en el final, que es una locura y prácticamente una parodia del libertarismo argentino mismo. Dos MILFs y un montón de jovencitos picados de acné destruyen un modelo a escala del BCRA, azuzados por un Milei profético, en una escena que puede ser interpretada como un rendimiento. El discurso de Milei no tiene praxis. Desde su tono, se niega a articular una praxis. Milei no es enérgico, no es un líder. Es un bufón.

La destrucción del modelo a escala, entregado por Lilia Lemoine (directora de arte de la cinta), sirve como catársis de pasiones que no pueden articularse en la realidad. Se destruye el modelo a escala, animalística e irracionalmente, porque destruirlo en los hechos demanda algo que Milei no va a dar. Milei azuza la catársis, lo instantáneo. Lo que los incels entienden como masculinidad asertiva: Un griterío, un golpeteo. No invita a la razón, no invita a la política. Si no intercambiase audiencia con fascistas confesos como Nicolás Márquez, Javier Milei sería un payaso televisivo de lo más inofensivo.

Más allá de si se concuerda o no con lo que Milei dice, está tan enojado que escucharlo hablar 20 minutos sin solución de continuidad resulta agobiante. Ciertos intelectuales son un deleite de escuchar porque son también grandes narradores. Grandes narradores y grandes comunicadores, cuyo abordaje de su tópico de estudio es, más allá de su carácter como trágico o problemático, una celebración de la vida y una celebración del ejercicio académico. No es el caso de Milei, quien no explica, sino que discute. Y no discute, sino que pelea. En este caso, sin un interlocutor que tomar como representante de todo lo que se detesta, Milei queda huérfano. Debatiendo contra espectros.

La mediocridad técnica de los realizadores también hace a esta pobreza argumental. Un ejemplo puede verse en el minuto 12:57, en el que Milei arguye que:

"Lo que está haciendo Argentina, no es que no tiene plan, el plan es el Foro de San Pablo. Y ese plan, ¿Dónde se aplicó? ¡Se aplicó en Venezuela! Y en los últimos seis años, el PBI de Venezuela cayó 70%..."

Milei continúa compartiendo las hórridas cifras de inflación y salario promedio en Venezuela. Pero, ¿Qué imágenes acompañan estas declaraciones?

Adivine:

a. Infográficos que reproducen las cifras que Javier está compartiendo y, a su vez, proveen sus fuentes.

b. Imágenes de protestas descontextualizadas, que sólo alimentan la noción de que en Venezuela "hay un quilombo", pero que no profundizan el conocimiento de la audiencia sobre lo que se está discutiendo.

Pandenomics le falta el respecto a la audiencia constantemente.

Ciertos detalles de producción revelan a la cinta como amateur. Desde los créditos iniciales, Pandenomics se muestra poco pulida. Los titulares usan tres tipografías distintas. Dos de ellas son las fuentes por default de dos programas de edición. Los títulos que separan cada "capítulo" del cortometraje fueron creados con Filmora. Los créditos finales fueron editados con iMovie.

Los susodichos son el tipo de detalles que afectan cómo un producto se siente, incluso si el espectador no los reconoce como desatenciones. Incluso si no sabemos cuál es la fuente predeterminada de Filmora, o nunca escuchamos hablar de iMovie, podemos reconocer que las fuentes empleadas no comunican ni la elegancia intelectual ni la urgencia pretendidas.

La mayoría del film transcurre en una sala en la que Milei está siendo entrevistado. La cámara hace poco. El discurso es contrapuesto con videos de stock que no enriquecen la argumentación. La edición es haragana, así como el diseño de producción y el uso de simbología. La más larga "sección" de la cinta padece un filtro grisaceo similar al que arruina las películas de Marvel. La escena inicial y el final transcurren en una suerte de bunker libertario en una zona fabril, con fotos de los referentes intelectuales de la tendencia sobre el fondo de la composición y una luz azul bañándolo todo.

Más allá del carácter del orador, el discurso no está editado para ser grato. Entre 10:30 y 11:00, el editor se perdió un recorte muy atinado. En este momento, Milei está desesperado por decir algo interesante, titubea ("o sea, o sea...") y concluye con una obviedad ("el mayor miedo que tiene el ser humano es el miedo a la muerte"). Milei pasa unos tres minutos explicando una idea con la que concuerdo, pero que está pésimamente plasmada: Que los medios de comunicación fueron irresponsables en su reporte de la pandemia. Considerando lo hinchado y superficial del razonamiento con el que Milei justifica esta conclusión, noto que, si yo no tuviera mis sensibilidades ahí, lo que él me da no podría convencerme. Por momentos, este monólogo se vuelve tan denso y redundante, que uno no puede sino asumir que fue improvisado. Entonces, Pandenomics no es siquiera un videoensayo, sino una entrevista sobreproducida. Esto que fue vendido (sí, vendido) como film no es sino un stream of consciousness sin segundas tomas, lo cual es autoindulgente hasta la estupidez.