Durante épocas de crisis, suele percibirse un marcado cambio en cómo las maisons de alta moda posicionan sus logos en sus productos. De monogramas inconfundibles y celebraciones de la opulencia, las maisons transicionan al ocultamiento (o la presentación más recatada) de sus logos. Esto responde a un cambio en el clima cultural. Enrostrar una cartera Gucci en 2006 no era tan moralmente condenable como hacerlo en 2008 o 2009. Las sensibilidades de la burguesía deben mutar con los tiempos. Aunque sea, performativamente. E incluso podía sentirse bien, al final del día, el gesto moral de ocultar que, mientras millones perdían sus trabajos, sus hogares... básicamente, sus futuros, tu estilo de vida se había mantenido.

Con la transición forzosa hacia el trabajo remoto de este año, las compañías de SaaS (software as a service) solidificaron su posición en el mercado. Las compañías que desarrollan herramientas para facilitar el trabajo remoto (con la excepción de Zoom), sirvieron como refugios virtuales ante una situación incierta y angustiante. Estos refugios, coloridos y infantilizados en su morfología, invitaban al trabajador virtual a una celebración de su nuevo modus operandi. Y así, con ese entusiasmo blando e intencionado, colaboraban en la unificación del espacio familiar-privado y el espacio profesional.

De mutar el virus Covid-19 en un peligrosísimo Covid-20, forzando Marzo de 2021 a ser un doble de Marzo de 2020, esta charada infantiloide, la posibilidad miserable de trabajar en pijama como instancia superadora, va a perder efectividad. Y con la mutación ideológica, vendrá la mutación estética. Mutación análoga a la de la haute couture en la crisis de 2008.

Arte por Steffen Ullman.